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El diálogo en las sociedades altamente polarizadas

Artículo de opinión 15 de febrero de 2022 Catalina Soberanis
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Catalina Soberanis Abogada guatemalteca, con especialización en ciencias políticas y sociales y en procesos de diálogo y transformación de conflictos.

Acabo de leer el “Pronunciamiento ante la crisis”, de destacadas personalidades del Perú, entre las cuales se cuentan muy estimables amigos y amigas de indudable vocación por el diálogo democrático.

La situación a la que se enfrenta su país está ocurriendo en muchos países de América Latina, con altos grados de polarización que no se expresan solamente en los procesos electorales sino que atraviesan profundamente la vida cotidiana, lo que a veces nos lleva a pensar en los escenarios de la década de los años setenta, en los que muchos de nuestros países se vieron inmersos en enfrentamientos extremos que condujeron a conflictos armados. Y aunque, afortunadamente, aún no observamos una violencia de esa naturaleza, el imaginario social sí refleja un grado de intolerancia política similar al de aquellos años. Esa polarización genera múltiples divisiones, desconfianza y falta de disposición hacia el diálogo, la negociación y la búsqueda de acuerdos, en aras del bien común; además de reflejarse en el hartazgo respecto a la política y el rechazo a los partidos políticos, que reflejan diversos sondeos de opinión, como el Latinobarómetro, el de World Values Survey, o el Índice de Riesgo Político del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica de Chile (CEIUC), publicado en enero de este año. Todo ello deviene en resultados autodestructivos para las sociedades, que sólo agravan los problemas de la pobreza, la desigualdad y la ingobernabilidad. 

Desde luego, existen factores históricos como el legado de las dictaduras, con secuelas y heridas que no terminan de sanar, especialmente porque los procesos de conciliación o reconciliación han quedado truncados, porque la justicia de transición ha tenido falencias, o bien porque el enfoque de reconciliación no tomó en cuenta suficientemente los factores psicosociales o socioculturales. A ello debe agregarse lo poco que se ha hecho respecto a las causas estructurales de los conflictos.   

La pandemia de COVID-19 vino a agravar todas esas tensiones, con secuelas de muerte, debilitamiento de los sistemas de atención primaria en salud, pérdida de empleos, inseguridad alimentaria, secuelas psicológicas causadas por el encierro, las restricciones sanitarias y la incertidumbre sobre el surgimiento de nuevas cepas o de una nueva pandemia.     

La alta presencia de la narcoactividad y el crimen organizado es un factor que no ha sido suficientemente analizado en cuanto a su impacto en varios de nuestros países y en cuanto a la viabilidad de procesos de diálogo en territorios en los que el crimen organizado disputa al Estado el control territorial. 

No es, por lo tanto, inusual que parezca que el camino del diálogo, la negociación y la concertación de acuerdos parezca muy difícil en sociedades altamente fragmentadas y polarizadas. Nuestros colegas peruanos así lo afirman y cito: “En una sociedad fragmentada el otro no existe, la diversidad no es reconocida, el autoritarismo se plasma en la vida cotidiana, el proceso de representación se vicia, se agrava la ausencia de los que no tienen voz, la violencia se convierte en una práctica habitual. En una sociedad así, los conflictos devienen en confrontaciones destructivas, el diálogo languidece y la atmósfera subjetiva da paso a la intolerancia, la aspereza, al hartazgo y, también, a la huida; la esperanza se esfuma, el futuro se hace gris y el compromiso se disuelve”.

¿Debemos por ello renunciar al diálogo? Algunos analistas piensan que en los contextos descritos, sobre todo cuando la desigualdad y las asimetrías de poder son muy acentuadas, no existen condiciones propicias para ello. Efectivamente, en dichos contextos es muy difícil generar confianza en los procesos de diálogo y en el diálogo mismo y esto se acrecienta cuando existen experiencias en las que los diálogos no han generado los resultados esperados o quien tiene el poder de cumplir o hacer cumplir los acuerdos no lo ha hecho. 

Pero ello no implica que se deba renunciar al diálogo, pues la alternativa es el agravamiento de la polarización y la acentuación de los fenómenos que la han provocado. Además, si existiesen condiciones propicias a la construcción del acuerdo o la armonía social, probablemente no sería necesario el diálogo, pues éste se produce a través de las vías institucionales establecidas, como sucede en democracias consolidadas. 

En el fondo se trata de un falso dilema: No se trata de escoger entre la disputa del poder para cambiar la correlación de fuerzas, que es legítima en cualquier sistema político y la construcción de acuerdos respecto a problemas concretos que afectan la convivencia social, ya sea por causas estructurales, emergentes o coyunturales. En la vida política se alternan la faz crítica y la faz agonal de la contienda entre posiciones distintas y contradictorias. Probablemente se trata, más bien, de identificar el momento en que es oportuna la una o la otra y no de verlas como mutuamente excluyentes.

Lo que sí implica es un desafío, a la creatividad, al diseño metodológico innovador que tenga en cuenta esas difíciles condiciones generadas por la polarización y a la comprensión de la complejidad de los procesos dialógicos y quizás, tener presente que probablemente sólo podrán cosecharse los frutos bajos del árbol, o resultados modestos en comparación con la magnitud de los problemas.

Pero, como alguna vez dijera Martin Luther King: “Aunque supiera que mañana el mundo se habría de desintegrar, igual plantaría mi manzano.“

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